Salía de una estación de una zona
residencial del transmilenio en
Bogotá, iba a la casa de una amiga, me
detuve a ver las torres amarillas que estaban desteñidas por las constantes
lluvias capitalinas que se encontraban en diagonal al semáforo y al lado de la
escuela militar, cuando escuché el ruido estruendoso de los chiflidos y los
suspiros asombrados, incluso escandalizados de algunas viejitas transeúntes y
unos cuantos chismosos. Ver que la atención de tantos transeúntes anónimos
estaba concentrada en algo en específico me causó curiosidad, pensé que tal vez
habría ocurrido algún accidente en el lugar y que las personas, temerosas pero
siempre morbosas estaban a la expectativa.
¡Cuidado, Parce! – un adolescente
le gritó a un carro rojo de corte deportivo que frenó en seco. El tipo del
carro no inmutó palabra sencillamente siguió su marcha, pero esta vez con una velocidad
moderada. Se había formado un trancón
con los pocos carros que estaban transitando en la avenida a las tres de la
tarde, parecía que incluso los conductores querían observar lo que estaba
sucediendo.
Yo seguía sin entender la escena,
la gente seguía mirando algo entretenida y algunas personas estaban asustadas,
había confusión y asombro. Ahí decidí que tenía que averiguar que sucedía y me fui
caminando lentamente hasta el semáforo para mejorar mi ángulo.
¡Cójanlo, ahí está! – gritó un
muchacho gordito, sucio del humo de los
carros y la intemperie de unos trece años que vendía dulces en el semáforo.
Pensé en un ladrón escandaloso que se sorteaba entre la avenida y en las
acusaciones impotentes e incluso hipócritas de quienes lo observaban.
Mientras esperaba que el semáforo
se pusiera en verde para los peatones vi una figura de color piel trigueña que
corría en medio de los carros al mismo tiempo que estos traban de no arrollarlo.
El semáforo me dio el paso, pero no pasé, me quedé absorta viendo la figura
lejana de esta persona en medio de la avenida, a mi lado solo había un par de
señoras que no dudaron pasar la calle para tener una mejor vista en aquella
inusual escena.
¿Estará drogado? – le preguntó
una a su acompañante mientras cruzaban la calle. Yo decidí quedarme allí
observando desde lejos, imaginando que se sentiría correr desnuda por la calle,
ese fue un pensamiento de una milésima de segundo, que fue interrumpido la
carcajada por el que yo deduje era el papá del muchacho gordito de los dulces, pues
estaba vendiendo botellas de agua.
La gente gritaba: A los carros,
al muchacho desconocido, a un policía que iba pasando y paró por unos segundos
y decidió ignorarlo todo, tal vez también se gritaban a sí mismos.
El semáforo, se puso nuevamente
en verde para mí, decidí cruzar con paso lento, no sabía si quería estar más
cerca, no sabía si estaba bien faltar a mi palabra de que me encontraría en la
estación con mi amiga, pero crucé y lo vi más de cerca, aunque seguía aún
estando lejos.
Yo pensé en si era algún
libertino atrapado por los efectos de la marihuana o de la sencilla desfachatez
de burlarse de la gente en su cara asombrada y falsamente mojigata cuando vi
que el mismo adolescente de ropas anchas que le había gritado al carro parecía
conocerle, él y su grupo estaban demasiado interesados por la suerte del
muchacho.
Las personas se alejaban, pero
otras trataban de retener la ilógica carrera del muchacho, que estaba
desesperado, él gritaba y lloraba, pero no entendía que decía. Yo me quedé
nuevamente parada en la esquina de la escuela militar y pensé que tal vez era
un soldadito que había enloquecido del dolor de la guerra.
Caminé lentamente en dirección
del muchacho con paso dubitativo, pensé en las drogas, pensé en la locura y en
la cucaracha de Kafka, que a la final
había sido despreciada por su propia familia cuando decidió ser inservible para
los más cercanos ¿Cuál es el peso de sencillamente no ser funcional? E imaginé
cómo poder tratar de razonar con el muchacho desnudo que corría por la calle,
sin saber porque creí poder ayudarlo. Pero automáticamente vi que sencillamente
no habría caso en razonar con el desnudo que se enfrentaba sin ser consciente
con la adversidad de las miradas, de una sociedad que en vez de admirar el
cuerpo sencillamente lo rechaza con asco y procura ocultarlo a toda costa.
Nunca supe si los adolescentes
que estaban tan cerca conocían a este joven de no más de 27 años que corría
desnudo y evitaba a la gente que trababa de atraparle. Él sencillamente estaba
tan sumido en su dolor que no quería saber de nada ni de nadie, tal vez, ni
siquiera cayera en el hecho que estaba desnudo, tal vez, ni siquiera pensaba si
estaba en la calle o en la sala de su casa.
Cuando más me iba acercando a él
llegaba una ambulancia que no encontraba sitio donde parquear porque los otros
carros pudiendo no le daban espacio, y pensé: ¿Cuánto tiempo duró aquel desnudo
debatiéndose entre la vida y la muerte en medio de las calles y los andenes? Probablemente
no fueron ni cinco minutos los de su travesía del muchacho mostrando su falo
impoluto en las calles.
El paramédico se bajó y junto con
otras personas lo aprisionaron contra el piso sosteniéndole con fuerza los
brazos en la espalda e imponiendo toda la fuerza de sus cuerpos en evitar que “el
loco” como la gente a la final decidió
llamarlo, no escapase nuevamente.
El loco gritaba con fuerza,
lloraba con desespero y con dolor. Ya aprisionado lo vi de cerca, a un metro de
distancia y quise creer que él me miró por un instante, sus ojos estaban tan hinchados
que parecían dos tomates viejos y arrugados, no sé si de tanto o de posibles
golpes, su cara estaba demacrada y llena de cicatrices, y a pesar de que su
cuerpo se veía saludable se le notaba cansado, totalmente exhausto, pero con la
misma energía seguía gritando su dolor.
¡MAMÁ, PAULA, ALEXADRA….!
¡Perdónenme, Perdónenme!.... HIJUEPUTA, YO SOLO QUIERO SER FELIZ, YO SOLO
QUIERO SER FELIZ…. YO…solo quiero ser feliz.